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VERÓNICA ALLAMAND PRESENTA “RELATOS A DESTIEMPO” EN GALERÍA ARTLABBÉ.

  • 27 may
  • 4 min de lectura

Actualizado: 29 may


Pintora, profesora de abstracción y madre de cuatro hijos, esta artista chilena ha construido su vida —y, por ende, su obra— desde la pérdida y la resiliencia. Ad portas de su exposición el próximo 4 de junio, espera poder compartir con el público su mirada más personal.


Hay quienes parecen haber negociado una tregua con el dolor. Verónica Allamand, pintora y docente de arte abstracto, ha perdido a un hijo, a su madre y a dos amigas cercanas.


Los desafíos la acompañaban desde mucho antes, criando a sus hijos y al descubrir, siendo adulta, que forma parte del espectro autista. Sus etapas artísticas son tan radicalmente distintas que cada una parece pertenecer a una artista diferente. Sin embargo, cuando habla, no hay amargura; hay color, estructura y una claridad sobre la vida que impresiona al interlocutor. Su futura exposición en galería ArtLabbé, Relatos a Destiempo, es la síntesis más honesta de todo eso.


— Tu exposición se llama ‘Relatos a Destiempo’. ¿Qué son esos relatos para ti?


Siempre he escrito sobre vivencias, pero no es un diario que relata los hechos, sino uno que registra la emoción de esas vivencias. Algunos de esos relatos los escribí hace años y los retomé; otros surgieron en el momento. La exposición no es cronológica porque yo tampoco funciono así. Hay un cuadro en particular que sí tiene una línea de tiempo: “Volveré”. Nació con la muerte de mi amiga Marcela, se fue completando cuando murió mi mamá y recibió su última capa cuando perdí a otra amiga. Ellas eran íconos en mi vida. Perderlas me hizo replantearme el disfrute, el aquí y el ahora.


— Tu obra ha cambiado radicalmente en numerosas ocasiones. ¿Qué gatilla esos cambios?


Siempre hay un hito detrás. Por ejemplo, el nacimiento de mis hijos me marcó y, en ese periodo, empecé a hacerme conocida. Después de la muerte de mi hijo Santiago, dejé todo y me metí en un mundo completamente distinto: el de las vidas pasadas. Me hice regresiones y descubrí que había pertenecido al Oriente en muchas vidas. Eso derivó en años pintando geishas, mujeres vietnamitas, coreanas… Después, en 2018, vino la abstracción absoluta con mi primera exposición en ArtLabbé. Ahora, con estas pérdidas recientes, siento que necesito volver al rostro femenino. Esta exposición es una mezcla de ambas: abstracción y figuración. El único hilo conductor soy yo.


— ¿Cómo fue descubrir, ya adulta, que tienes TEA?


Mis hijos fueron diagnosticados primero. En una discusión con el neurólogo —que insistía en que yo era neurotípica— le dije: “Lo que no entiendo es qué significa ser neurotípico, porque lo que describes como diferente es exactamente cómo yo funciono”. Me diagnosticaron y, obviamente, soy bastante TEA. Fue un antes y un después. De repente, toda mi vida tuvo explicación: por qué me canso el doble en situaciones sociales, por qué necesito horas de silencio después de una fiesta, por qué siempre elegí caminos más solitarios. Así también por qué me convertí en artista: somos infinitamente empáticos y sensibles al medio. La pena del otro la sientes como tuya.


— ¿Cómo proteges ese espacio de creación ante todo lo que la vida te va tirando encima?


Separando las cosas físicamente. El taller es el lugar donde entro a disfrutar y punto. Para el dolor hay otros espacios —el auto, el baño— donde estoy sola y puedo hacer lo que quiera. Pero el taller no lo contamino. Aprendí eso con la muerte de Santiago. Si estás pintando y te metes en una emoción negativa, esa emoción impregna la obra y te hace daño. Así que trabajo en estado zen, partiendo siempre del relato, no de la emoción oscura.


— Enseñas abstracción a mujeres adultas. ¿Qué les enseñas realmente?


No les enseño a pintar como yo. Les enseño a pintar como ellas y a salir al mundo del arte con su propia voz y su propio lenguaje. Muchas vienen porque siempre quisieron pintar y nunca lo hicieron. Otras llegan enviadas a terapia. Al final, siempre es terapia, lo quieran o no. Porque la pintura es meditación: el pincel, tu mano, tu cerebro y vuelas. No estás pensando en nada más. Eso es autorregulación, y es una de las cosas más valiosas que podemos aprender.


— Tres mujeres de tu linaje aparecen en “Volveré”. ¿Quiénes son?


Mis dos abuelas, Inés y Beth, y una figura que es una mezcla de mi mamá y de mí. No son retratos literales: son íconos femeninos, mujeres de mi linaje. Si hubiera tenido más tiempo, hubiese pintado más. Pero la obra quedó contando exactamente lo que estoy viviendo ahora: ese deseo de volver a estar bien, de ponerme en primer lugar, de preocuparme por ser feliz.


— ¿Qué mensaje le dejas a quienes verán esta exposición?


Que aprendan a ser felices con lo que tienen. Que no necesitan lo que tiene el vecino ni nada más para estar bien. Que se hagan un espacio interior y cuiden esa conexión con algo más grande que nosotros —llámalo Dios, energía universal, Pachamama, da lo mismo el nombre—y que recuerden que hay un tiempo para el dolor, pero la mayor parte del tiempo es para vivir; para transformar ese dolor en energía y salir fortalecida, mejor que antes.

 


 
 
 

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